En una agencia inmobiliaria los números que importan son pocos y casi nadie los mira con regularidad: cuánto tiempo lleva un inmueble sin venderse, cuánto baja respecto al precio inicial y qué canales traen demandas que se convierten en operaciones.
Es la métrica más honesta de todas. Un inmueble parado meses no tiene un problema de mercado, tiene un problema de precio o de presentación, y cuanto más tiempo pasa más se quema. Verlo en una vista, con los días corriendo, obliga a una conversación con el propietario que si no se aplaza.
La diferencia entre precio de salida y precio de cierre, por zona y tipología, le dice a la agencia cómo de realistas son sus valoraciones. Es el dato que permite aceptar encargos a un precio que se puede conseguir de verdad en vez de uno inflado para agradar al propietario.
Contar demandas por portal es inútil: importa cuántas acaban en visita y en operación. Un portal que genera muchas demandas pobres cuesta tiempo a los agentes y parece excelente en los informes. La medida correcta está siempre más abajo de donde se suele mirar.
Hay que medirla por los dos lados, porque captar encargos y cerrar ventas son dos oficios distintos y rara vez la misma persona destaca en ambos. Una vista que los separa permite organizar la agencia sobre los talentos reales en vez del modelo del agente que lo hace todo.
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